Fue un hombre sencillo, modesto y extraordinario. Le tocó vivir una
época brutal y sobrevivió a ella, sin envilecerse, para transformarla
profundamente y transformar a sus contemporáneos, tanto amigos como
adversarios. A lo largo de su vida y de su indeclinable lucha, construyó una
fuerza que venció a un régimen de odio, armado hasta los dientes, por su
superioridad moral.
El apartheid establecido por una minoría racista en Sudáfrica
convirtió la discriminación en el fundamento del Estado. A través de una
legislación delirante, sistematizó el prejuicio, el desprecio y el odio por
cuestión de color de piel: las “razas” debían desarrollarse separadamente, sin “contaminarse”.
Para imponer el esquema político racista, el Estado mantenía uno de los
ejércitos más poderosos y mejor armados del mundo. Y para asegurarse el dominio
del país, disponía de un sistema de represión que practicaba sistemáticamente
la tortura y el asesinato.
Ante el crecimiento de la población oprimida, los racistas optaron por
proclamar falsos “estados independientes”, que en realidad eran reducciones
donde se concentraban núcleos de población nativa, a quienes de ese modo se les
privaba definitivamente de la nacionalidad sudafricana. Los bantustanes.
Estados inviables, títeres, cuya población necesariamente estaba a disposición
de la minoría racista como fuerza laboral explotable.
Esta es la Sudáfrica en la cual creció y en la cual luchó Madiba,
llamado en la vida pública Nelson Mandela. Desde muy joven se puso en la línea
de crítica y combate frontal al apartheid. Sus llamados a la desobediencia
civil, a la democratización del país, a la igualdad de derechos para todos,
terminaron por convertirlo en un perseguido del régimen racista. Apenas había
cumplido 40 años cuando fue sentenciado a cadena perpetua, vaya ironía, como
“traidor a la patria”.
Pasó casi tres décadas en la cárcel con la perspectiva de morir en
ella. Pero no renunció a sus convicciones ni a su lealtad a la causa del pueblo
sudafricano. Y desde la prisión se fue convirtiendo en un faro que guiaba la
lucha del pueblo y concitaba la solidaridad del mundo. Rehén de una cárcel
destinada a quebrantarlo, él supo convertirla en el acicate de su invencible
fuerza moral, reclamando incansablemente democracia, igualdad, derechos y
diálogo.
El régimen racista crujió y
reconoció su inevitable ruina. Después de 27 años de encierro, el gobierno
decidió abrirse al diálogo con su prisionero, ya anciano. Madiba, leal a los
ideales e intereses de su pueblo, aceptó el reto y en el pulseo que siguió
logró con gran habilidad el desmantelamiento del apartheid.
Y fue entonces, en su gloriosa y lúcida ancianidad, que se alzó como
el gran estadista de nuestro tiempo. Pudo haber impuesto su dictadura personal,
pudo haber buscado desquite personal o étnico, pudo haber consolidado su
liderazgo apelando a las peores pasiones, como suelen hacer los políticos. Pero
no él. Mandela fundó la democracia en Sudáfrica, estableció la plena igualdad
de derechos para todos, sin excepción, gobernó solo un periodo presidencial,
dando paso a nuevos líderes, pero, sobre todo, creó la posibilidad de una
nación sudafricana donde conviven todas las sangres y todos los colores del
arco iris.








